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Antisemitismo: las lecciones de la historia

El antisemitismo en el mundo resurge constantemente, como una yerba venenosa. En la Edad Media fue de signo religioso y en el siglo XIX revistió un carácter nacionalista, antes de que la ideología nazi le imprimiera el sello de un racismo pseudocientífico. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial se ha transformado en antisionismo. Robert Badinter saca de la historia del antisemitismo enseñanzas premonitorias plenas de sentido.

Por Robert Badinter

 

El antisemitismo no es un fenómeno contemporáneo, sino un mal multisecular. Durante dos milenios, la condición de los judíos –especialmente en Europa– ha sido sinónimo de exclusión, sufrimiento y persecución desde la toma de Jerusalén por Tito en el año 70 y la dispersión de los judíos por toda la cuenca del Mediterráneo, donde fueron vendidos como esclavos en tan gran número que su precio de mercado –por emplear términos económicos modernos– se desmoronó en todo el Imperio Romano.

 

Desde esta época lejana, yo diría que se han dado tres tipos de antisemitismo, que a veces se amalgaman entre sí.

 

Del antisemitismo religioso y nacionalista al racial

 

El primer tipo es el antisemitismo religioso. Desde la promulgación del Edicto de Constantino en el año 313 por el que se declaró el cristianismo religión oficial del Impero Romano, el antisemitismo se ha nutrido siempre del odio al “pueblo deicida”, que mató a Jesucristo. Cuando se producían matanzas y persecuciones, solamente en algunas ocasiones se ofrecía a los judíos la posibilidad de librarse de la muerte o del exilio a cambio de una conversión forzada, lo que no obstaba para que volvieran a practicar de nuevo el judaísmo en tiempos más clementes. La larga y culturalmente fecunda historia de los llamados “marranos” en los estados cristianos de la Península Ibérica es prueba de ello.

 

Con el nacimiento de las naciones modernas, el antisemitismo revistió un carácter esencialmente nacionalista. A los judíos se les consideraba extranjeros y sospechosos en las naciones donde vivían, aunque hubieran nacido en ellas.  El hecho de que los judíos, a pesar del ostracismo que sufrían, hubieran asumido responsabilidades de modo natural y llegado a desempeñar importantes funciones en la política, la economía o la banca, los convertía en traidores potenciales cuando surgía el mínimo problema nacional, por considerarse que estaban al servicio de un complot urdido por una imaginaria “Internacional Judía” inventada por los antisemitas. Así ocurrió en Francia. No es necesario que recuerde a este respecto el significado antisemita del llamado “Caso Dreyfus”. Si se hubieran analizado los hechos con una pizca de lucidez, no habría habido motivo alguno para considerar traidor al capitán Dreyfus, un judío alsaciano adinerado que detestaba a Alemania y deseaba ante todo servir a Francia.

 

A finales del siglo XIX, con la evolución de las mentalidades el antisemitismo pretendió ser “científico” y se volvió racial. Catalogó a los judíos como seres de una “raza” de misterioso origen oriental inasimilables por las naciones donde se establecían –en particular las pertenecientes a la “raza aria superior”– que corrían el riesgo de degenerarse por la presencia en su seno de judíos portadores de un sinfín de taras.

 

Reconocimiento de la ciudadanía francesa a los judíos 

 

En la larga historia de la humanidad los judíos aparecen como una especie maldita a la que se imponen prohibiciones, confinamientos en guetos y marcas indumentarias, como si fueran animales peligrosos. Por eso debemos reconocer la inmensa importancia que tuvo la Revolución Francesa al proclamar en 1791, por primera vez en la historia, que los judíos asentados en Francia serían en adelante ciudadanos de pleno derecho.

 

Una anécdota: el mismo día en que la Asamblea Constituyente, ya próxima a su fin, votó a favor de ese reconocimiento, la hermana de Luis XVI escribía en estos términos a una de sus parientas de la familia Habsburgo de Viena: “La Asamblea Constituyente ha llegado al colmo de la locura, ha hecho ciudadanos a los judíos…”.

 

Subrayo esto porque esa voluntad de reconocer a los judíos la plena ciudadanía –conseguida a duras penas por la Asamblea Constituyente, por lo demás– emanaba de lo que más detestaron los nazis: los derechos del hombre y el ciudadano y la filosofía de la Ilustración. Según la expresión literal de Adolf Hitler en su obra “Mein Kampf”, los judíos tenían que ser excluidos por completo de la comunidad del pueblo alemán. Ese antisemitismo furioso fue la raíz de las leyes raciales del Tercer Reich adoptadas en 1935 en Núremberg, cuya finalidad era “proteger la sangre y el honor alemanes”, supuestamente mancillados por la presencia de judíos.

 

Voy a pasar por alto la imposibilidad en que se encontró la teoría racial para dotarse de criterios científicos. Los investigadores del Tercer Reich buscaron y buscaron, pero evidentemente no encontraron nada. De ahí que el antisemitismo se desplazara una vez más hacia la pertenencia a la religión judía. En efecto, los criterios establecidos en las leyes de Núremberg prohibían a los judíos convertirse a cualquier otra religión, a fin de impedirles abandonar el –por así decir– rebaño de seres maléficos al que pertenecían por nacimiento.

 

Una paradoja desconcertante

 

No voy a recitar aquí la larga lista de persecuciones padecidas por los judíos en el Tercer Reich primero, y en el conjunto de los territorios ocupados por el ejército alemán después. Tampoco voy a mencionar los incontables estudios que han puesto sobradamente de manifiesto la envergadura y el horror del genocidio judío perpetrado por los nazis, ni las notables obras históricas y filosóficas que han tratado esta cuestión.

 

Desearía, en cambio, destacar lo que me parece mucho más esencial, porque puede servir de advertencia: es muy notable y difícilmente comprensible que el impulsor y ejecutor de una de las más terribles y asoladoras persecuciones de judíos de todos los tiempos en Europa haya sido un gran pueblo cristiano y uno de los más cultos del Viejo Continente, que ha dado al mundo un gran número de genios en los ámbitos del arte, la filosofía y la investigación científica. Es fundamental recordar esto porque la Alemania de las postrimerías de la República de Weimar era un país en el que el amor por la cultura, la pasión por el arte y la música y el entusiasmo por la investigación científica habían alcanzado un apogeo sin parangón en Europa.

 

Esto puede ser un motivo de reflexión para la UNESCO en concreto. La Alemania prehitleriana era el país del mundo que más brillaba por su filosofía. Sin embargo, fue el país que desencadenó la tragedia más cruel sufrida por los judíos, tras capitular ante la furia desatada del antisemitismo y el racismo.

 

Subrayo entonces la lección que debemos sacar de este hecho: la cultura, el conocimiento y el amor por las artes no bastan para levantar una muralla infranqueable contra el antisemitismo, ya que éste se asentó de la forma más horrorosa allí donde estos tres elementos florecían.

 

Deseo que se me comprenda bien. No se trata de que renunciemos a un progreso siempre necesario. En efecto, en nuestra condición de discípulos de la Ilustración siempre hemos tenido la convicción de que, pese a todas sus vicisitudes, la humanidad progresa gracias a los beneficios que le reportan una educación ilustrada e instituciones justas basadas en la filosofía de los derechos humanos. De lo que se trata es de constatar que ni la educación, ni el arte, ni la cultura en sentido lato constituyen de por sí medios de defensa suficientes contra la furia del racismo y el antisemitismo. Es preciso sacar las lecciones que se imponen.

 

El antisionismo

 

El Tercer Reich se desmoronó, su fundador se suicidó, los principales miembros de su estado mayor fueron ahorcados o desaparecieron, y el mundo descubrió la inmensidad del genocidio perpetrado en Europa contra los judíos. Al poco de crearse las Naciones Unidas, surgió en su seno un potente movimiento en favor de la creación de un Estado judío, ya prometido por los Aliados desde la Gran Guerra (1914-1918).

 

La creación de un Estado judío en Palestina, en virtud de la Resolución 181 (II) del 29 de noviembre de 1947 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, no fue aceptada por todos y la respuesta fue la guerra lanzada por los ejércitos de los Estados árabes vecinos, que invadieron Palestina. La guerra fue favorable a los judíos y sus consecuencias son bien sabidas: el conflicto árabe-israelí nunca ha cesado desde la creación del Estado de Israel.

 

No es el momento de debatir sobre la legitimidad de los derechos de unos y otros, ni sobre cuál sería la mejor solución para poner término a ese conflicto. Estas cuestiones se han de debatir en otras instancias. Pero sí cabe constatar que, con motivo de dicho conflicto, el antisemitismo se ha vuelto a propagar ampliamente bajo la denominación de antisionismo.

 

Es preciso ser lúcidos y reconocer que con esa denominación que toma como referencia el sionismo, en realidad se está apuntando a los judíos, a todos los judíos del mundo. Yo diría que el antisionismo, en el fondo, no es más que la expresión contemporánea del antisemitismo, esto es, del odio a los judíos.

 

El antisemitismo en la era digital

 

Es obvio que el antisemitismo contemporáneo no presenta los mismos rasgos que en la época del emperador Constantino. Hoy en día recurre ampliamente –y con éxito– a las redes sociales y a discursos y vídeos de retórica especialmente perversa difundidos por determinados sitios web. Me he preguntado muchas veces qué podría haber ocurrido en Europa antes de 1939 si el el doctor Goebbels –entonces ministro del Reich de Ilustración Pública y Propaganda– hubiera dispuesto de los medios tecnológicos actuales. Porque el universo digital es el actual campo de batalla contra el antisemitismo.

 

Mi edad avanzada y el hecho de que nunca en mi vida he visto que el antisemitismo ceje en su empeño me han llevado a la convicción de que, mientras dure el conflicto árabe-israelí, el odio a los judíos seguirá extendiéndose más allá de Oriente Próximo y enardeciendo a algunos musulmanes –especialmente a los más jóvenes– influenciados por la propaganda violenta difundida por Internet que todos conocemos.

 

Amalgama criminal

 

La amalgama que equipara a los judíos con los sionistas nutre el odio antisemita, que se traduce en atroces atentados perpetrados en Occidente –especialmente en Francia– y en Oriente Próximo. Para comprobarlo, basta consultar la lista de víctimas de los crímenes cometidos en los últimos años.

 

Me atormenta una imagen reciente: un hombre armado persigue a escolares en una escuela judía y agarra por los cabellos a una niñita que escapa, matándola de un disparo a bocajarro. ¿No es ese crimen una réplica de los de las SS? Horrible expresión del antisemitismo, esta imagen trasciende el tiempo y nos recuerda al ensañamiento con las poblaciones de los guetos de Europa del Este.

 

Por último, en lo referente a la acción en pro de la paz civil quiero decir y recalcar con firmeza que es muy importante –fraternal incluso– el papel desempeñado por los representantes de la comunidad musulmana que denuncian ese tipo de crímenes. En este ámbito, el terrorismo nos tiende también la trampa de la amalgama y nuestro deber es no aceptarla en modo alguno. Quiero recordar como hago siempre, que 80% de las víctimas del terrorismo en el mundo son musulmanes, según los estudios de varios centros de investigación. Insisto en subrayarlo porque sería criminal hacer cualquier amalgama a este respecto.

 

Mi mensaje no es muy optimista, lo sé, pero creo que la complacencia alimenta los prejuicios y éstos, a su vez, la muerte, porque engendran odio. Si conseguimos que en la mentalidad de las generaciones jóvenes triunfen los principios de la Ilustración y los derechos humanos, habremos obrado por una causa justa: la de la paz entre los pueblos.

 

Con este artículo, El Correo de la UNESCO se asocia a la celebración del Día Internacional de Conmemoración del Holocausto (27 de enero). El texto se basa en el discurso pronunciado por Badinter en la Mesa redonda sobre la prevención del antisemitismo organizada por la UNESCO el 6 de diciembre de 2016. 

 

Robert Badinter
 

Abogado y profesor de derecho, Robert Badinter (Francia) fue ministro de justicia de Francia de 1981 a 1986. En 1981, logró que el parlamento francés votara la abolición de la pena de muerte. Entre 1986 y 1995 presidió el Consejo Constitucional y en el periodo 1995-2011 fue elegido senador socialista por el departamento de Hauts-de-Seine.

 

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